Hola a todos,
Mi padre odia la estación de autobuses de León, eso me ha dicho siempre, la odia por las horas que se ha pasado allí viendo cómo sus hijos, primero mi hermana, y luego yo, nos íbamos a Madrid, Oviedo, Hamburgo, Leipzig, Leiden o adonde fuéramos.
La casa, dice, se vuelve de repente enorme para tu madre y para mí. Hay espacios que no se pueden llenar con muebles, plantas, o libros.
Hoy se han ido mi hermana, Matthias y Lara, que vinieron a verme el miércoles, y me han dejado la casa llena de recortes de papel, migas, botellas de cerveza vacías y, sobre todo, huecos y silencio.
Estos días hemos ido a la feria y restaurado el honor de los Valdés, que al fin entramos en Leiden un 3 de octubre, 433 años después.
También hemos ido a la playa, hemos montado en noria y viajado a Delft y a Utrecht, aunque poco tiempo.
Pero, sobre todo, más importante que todas estas cosas que hemos hecho, he tenido la sensación de estar en familia. Quizás una de las cosas peores de estar perdido por los mundos de dios es que te da igual levantarte pronto o tarde, o estar 8 ó 15 horas en el curro, o llegar a casa o no. Sobre todo al principio, pierdes la visión global de las cosas.
Estos días, mientras pedaleaba a toda leche para llegar a casa y poder jugar un rato con Lara, o cuando me despertaba la jodía, o mi hermana que preparaba café, me he dado cuenta lo que significa ese vacío al que se refiere mi padre.
Hoy los que nos hemos quedado solos somos la cabeza de Blas y yo, a ella se le irá el helio poco a poco, se arrugará y no volará más. Otro hueco.
En fin, un abrazo a todos, y dadle otro al que tengáis al lado hostias, si hay alguien, yo tengo al Blas frito.
Por cierto, la canción es el vals de la boda de Sami.






























